Yo tenía una granja en Africa…

Así empieza su relato la protagonista de la inmortal Memorias de Africa. Yo no tuve una granja en Africa, pero tuve una casa a cincuenta pasos de la costa de Trípoli, en Libia, donde viví durante tres años. Mi hogar estaba en un lugar llamado Regatta, y desde mi balcón podía ver atardecer sobre el Mediterráneo.

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Y eso es lo que más recuerdo de Regatta, los atardeceres. Casi cada tarde caminaba hasta la playa y, arrullado por el canto del muezzin llamando a oración, veía como el sol se ponía tras la línea del horizonte, pintando el cielo con mil rojos, amarillos y rosas.

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Regatta se convirtió en mi lugar favorito para fotografiar, por encima de la Medina, el desierto y otros lugares fascinantes. Regatta era mía; cualquier momento era bueno para agarrar mi cámara y perderse en su playa, en sus parques, entre sus líneas de casas tan parecidas y al mismo tiempo tan distintas.

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La mejor época en Regatta era el invierno. La playa solitaria, el tiempo fresco pero no frío y el rumor de las olas eran la combinación perfecta para sentarse sobre una roca y contemplar el mar durante horas.

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Con el inicio de la guerra civil tuvimos que abandonar Regatta. Me cuentan que está abandonada, sus casas destrozadas. Yo quiero recordarla tal y como la viví: misteriosa, solitaria y, en cierto modo, seductora.

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