De Røyneberg a Sogndalstrand (y vuelta)

Aprovechando que estaba motorizado y que la lluvia decidió tomarse un descanso, hace un par de semanas agarré el coche y bajé desde Røyneberg -la ciudad al sur de Stavanger en la que ahora vivo- hasta Sogndalstrand, un pueblecito turístico a unos 100 kilómetros.

Como dicen que lo importante no es el destino final sino hacer el camino, decidí tomar la vieja carretera de la costa e ir parando en todos aquellos sitios que me llamasen la atención. Tuve la oportunidad de ver las playas casi salvajes de Noruega…

…y lugares con un fuerte contraste emocional, como este cementerio en una ladera al pie de la playa. La belleza del entorno ofrece el contrapunto perfecto a un lugar tan asociado a la pena y el dolor. Contemplando este paisaje se hizo inevitable recordar la canción Mediterráneo de Serrat. Es otro mar, pero el mismo sentimiento.

Como en la carretera de la costa la velocidad está limitada, según el tramo, a 70 e incluso 60 kilómetros por hora, viajar es un ejercicio de paciencia. Por otro lado el paisaje es bellísimo, y conducir relajadamente es algo que he echado de menos en Madri y Trípoli.

Llegué a mi destino pasada la hora de la comida -por suerte llevaba un bocadillo del que di buena cuenta en una zona de descanso en la costa. Me habían comentado que Sogndalstrand es un pueblo turístico muy visitado; obviamente esta afirmación es sólo válida para los meses de verano, porque apenas vi gente en el pueblo y todos los comercios parecían cerrados. Eso no me molestó en absoluto, más bien al contrario pues pude hacer fotos sin turistas cruzando por delante de la cámara.

Lo más típico de Sogndalstrand son el río que parte al pueblo en dos y las casas de colores construidas en la orilla de su desembocadura. Lo cierto es que era un lugar bonito, pero las dos horas de coche sólo se justifican si se va parando en el camino y visitando otros lugares, porque Sogndalstrand no tiene mucho más que ofrecer.

Y, tras visitar Sogndalstrand, era el momento de volver a Røyneberg. Dudé entre tomar la carretera principal o deshacer el camino andado volviendo por la costa; al final, dado que no tenía prisa, opté por la segunda opción, lo que me permitió parar en algún pueblo pesquero y en el famoso faro de Obrestad.

La experiencia fue positiva, tanto por la conducción libre de estrés como por los lugares visitados. En cuanto la lluvia me dé un nuevo repiro, pienso volver a lanzarme a la carretera para disfrutar de otros de los muchos lugares mágicos de Noruega.


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