No soy de participar en concursos de fotografía; a mi natural dejadez -hace poco intenté concursar en uno y al día siguiente se me habían olvidado la página web, el password y la foto que había subido- se une el convencimiento de que hay dos tipos de concursos, y no puedo ganar en ninguno de ellos.

El primer tipo es aquel que podemos definir como serio: hay unas bases más o menos razonables -con que no se queden con todos los derechos de las fotos ya podemos darnos por contentos- y un jurado especializado decide cuál es la foto que merece llevarse el premio. Como esto del arte es muy subjetivo, hay veces en que al jurado le parece que una rebanada de panceta es merecedora de los honores –true story– pero nueve (venga, siete) de cada diez veces es la foto que la mayoría hubiésemos elegido. Yo sé el nivel que tengo y hasta dónde puedo alcanzar, y aún no ha llegado el momento en que eche un vistazo a las fotos finalistas y piense “yo lo habría hecho mejor”. Así que este tipo de concursos queda descartado.

Pero señores, existe otro concurso, y en ese puede ganar cualquiera. Bueno, cualquiera no, porque hace falta tener una característica muy determinada: conocer al suficiente número de personas que quieran pulsar en un enlace.

Sí, estoy hablando de los famosos concursos por votación popular. Todos tenemos ese contacto –amigo me parece una palabra que se usa con demasiada ligereza- que de vez en cuando nos envía un tweet, mensaje de Facebook o similar pidiendo que le votemos para que pueda ganar ese concurso en el que va segundo y está a puntito de pasar al primero, que sólo hay que apretar un botón, que sólo se tarda un segundo blablabla. Y de ésos, por supuesto, hay una subespecie empeñada en participar en todos los concursos fotográficos.

El problema con ese tipo de concursos es que muchas veces gana una foto que la mayoría de nosotros habríamos borrado directamente en la cámara, y nos preguntamos “¿cómo es posible que semejante horror haya sido la más votada?“. Esa pregunta dura el tiempo que tardamos en buscar la cuenta de Twitter y/o Facebook del Robert Capa de turno y, ante la vista de sus miles de seguidores, la reemplazamos por esta otra: “¿cómo puede alguien conseguir que miles de personas hagan lo que uno diga?”; eso es mucho poder, amigos.

Lo peor, con todo, no es que alguien gane un concurso en aquella materia para la que ha demostrado ser un perfecto inútil -eso pasa cada cuatro años a nivel nacional, autonómico y local, no debería sorprendernos- sino que además obtiene algo mucho más importante: la legitimación. Conozco casos de fotógrafos amateur con excelente reputación cuyas fotos no merecerían espacio ni en los tablones de las tiendas de lomografía. Estos fotógrafos se han ganado esa reputación a base de actos como ser vencedores de concursos que, a su vez, han ganado gracias a su masa social: tengo muchos seguidores, luego gano, luego soy bueno, luego obtengo mas seguidores. El círculo virtuoso, que diría Guardiola.

Así, se pueden asistir a espectáculos que rozan la vergüenza ajena como el de ese fotobloguero de éxito que, media hora antes del final del plazo de un concurso, se desgañita pidiendo votos en las redes sociales porque sólo necesita treinta y dos más para ponerse en cabeza. Entre petición y petición se pregunta públicamente cómo es posible que, con más de quince mil seguidores, sólo le hayan votado ciento cuarenta y dos personas. Una vez más, true story.

Por eso tampoco participo en este segundo tipo de concursos; todos nos queremos creer que nuestras fotos -nuestras croquetas, nuestros hijos, nuestra habilidad al volante- son mejores que las de los demás, pero sabemos perfectamente cuál es nuestro nivel y cuál es el de los otros. Y ver que la foto de dos nubes en el cielo se va a llevar un premio porque el autor, en lugar de pasar el tiempo perfeccionando sus habilidades y su técnica, se lo ha pasado pulsando el botón “me gusta” hasta gastar las pilas del ratón, es algo que me saca de quicio. Esos concursos son una tomadura de pelo, y a mí ya me queda demasiado poco pelo como para que me lo tomen.