Hay dos comentarios relacionados con la fotografía que realmente sacan mis demonios internos. Uno de ellos es el celebérrimo “que fotos tan bonitas, debes tener una cámara muy buena” que todo aficionado o profesional ha sufrido alguna vez en la vida. El otro es, en todas sus variantes, aquel que reza algo así como “pero esa foto está editada, ¿no?”. Aún peor, he tenido la oportunidad de leer más de una vez en foros a gente que se ufana de “subir sus fotos directamente desde la cámara” como si hubiese un mérito intrínseco en dejar que el procesador de la cámara ajuste los parámetros.

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Y es que hay que tener en cuenta algo muy importante en fotografía digital: lo que se graba en la tarjeta de memoria no es exactamente aquello que vimos a través del objetivo. Si el formato de imagen es JPEG, es muy probable que el procesador de la cámara haya aplicado una serie de procesos a la imagen para variar parámetros como la nitidez y la saturación; la cámara ha hecho su propio procesado de la imagen. Si lo que obtenemos es el archivo RAW, entonces sí que estaremos en posesión de un archivo que refleja lo que la cámara ha visto… y en general quedaremos desencantados al encontrarnos con una imagen con menos nitidez, saturación y contraste de lo esperado. Lógico, es una imagen cruda y lista para que la procesemos.

En realidad procesar es, en mi opinión, parte integral del proceso de creación de una foto. Y no, no se trata de una actividad relacionada con la fotografía digital; el procesado  ha sido parte fundamental del mundo de la fotografía desde hace décadas. La única diferencia es que ahora todos podemos revelar las imágenes digitales, por lo que el procesado ha cobrado una relevancia que antes sólo tenía entre los profesionales y los muy aficionados.

No voy a entrar en detalles de cómo procesar una imagen; hay muchos tutoriales y libros dedicados a ello, además de que el procesado es algo muy personal, con pocas reglas básicas. Simplemente quiero mostrar un ejemplo de una foto que tomé hace unos días en Mosvatnet, porque muestra muy a las claras aquello a lo que me refiero.

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La foto no me llamó la atención cuando la descargué: colores apagados, poco contraste… sin embargo, me pareció que tenía potencial si conseguía devolver a la imagen todos los tonos de verde y marrón que había visto en la escena cuando tomé la foto.

Con Aperture como aplicación base, modifiqué levemente algunos parámetros básicos como la exposición o las luces y sombras para conseguir una imagen mejor expuesta. Y sí, una fotografía debe estar debidamente expuesta al tomarla, soy el primero en afirmar que no hay software que arregle una pobre exposición. Aún así, también es cierto que el ordenador permite hacer ajustes de precisión que son muy difíciles de realizar salvo para los fotógrafos expertos. Y éste no es un blog para ese tipo de gente.

Pero esta foto necesitaba un poquito más de sal y pimienta -contraste, nitidez, saturación- y para estos casos mi aplicación favorita es Intensify Pro, una pequeña maravilla que pude comprar en oferta hace unos meses y que se ha convertido en parte indispensable de mi proceso. Modificando niveles que son difícilmente accesibles desde Aperture, las imágenes recuperan buena parte de la vida que tenía el sujeto original.

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Se dice que un procesado no convierte una foto mala en buena, y es cierto. Sin embargo, un buen procesado puede sacar a la luz una foto que haya pasado desapercibida. Pensad siempre en cómo visteis la escena, como se ve la foto y cómo pensáis que debería verse. Y no penséis que el tiempo frente al ordenador es tiempo perdido, porque una imagen no está completa hasta que no tiene el aspecto que tenía en nuestra cabeza cuando apretamos el botón de disparo.