Viajar con uno mismo

Lo peor que le puede pasar a alguien que esté haciendo turismo es hacerlo al lado de un aficionado a la fotografía: decenas de paradas para captar este o aquel detalle, esperas interminables mientras se dan las condiciones apropiadas para hacer una foto u horarios imposibles para captar un amanecer o una luz. De igual manera, el fotógrafo acabará escuchando tarde o temprano la mítica frase “¿podemos irnos ya?” que tantas charlas amenas ha provocado. No, la combinación entre aficionados y no aficionados a fotografía es siempre difícil y muchas veces explosiva. ¿Cómo soluciono yo ese problema? Viajando solo.

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Reconozco que la primera vez que uno viaja solo es algo intimidante. Yo lo había hecho por motivos de trabajo pero nunca por placer hasta que en 2010 surgió la oportunidad de pasar una semana en Roma. Aquella experiencia cambió mi percepción y me dio ánimos para  seguir viajando en solitario. Desde entonces lo he hecho con regularidad en Europa y Estados Unidos y ahora no concibo el turismo fotográfico si no es de esta manera. Viajar solo me permite hacer cosas como estar media hora esperando un tranvía o salir con los trastos a las siete de la mañana que no podría hacer yendo con otra gente. Además, hacer este tipo de turismo me ha hecho establecer una dualidad clara entre lo que supone un viaje fotográfico y uno familiar; cuando viajo con la familia, la cámara queda en un segundo plano porque mi objetivo en ese caso es disfrutar con los míos, no ser una carga para ellos.

Viajar solo me permite además vivir una experiencia que todo el mundo debería probar al menos una vez en la vida: disfrutar de la compañía de uno mismo. La soledad, aún en medio de una ciudad de millones de habitantes, permite conocerse a uno mismo y descubrir aspectos de la propia personalidad de un modo que la compañía de otros acaba enmascarando; es el γνῶθι σεαυτόν inscrito en el templo de Apolo conseguido de una forma que los antiguos griegos jamás hubiesen imaginado.

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Aún así, me quedan interrogantes y asignaturas pendientes en este aspecto. Hasta ahora mis viajes en solitario han sido a destinos considerados seguros como Europa y Norteamerica; lugares más lejanos o culturalmente diferentes siguen siendo una barrera -mental, lo reconozco- que me gustaría romper pronto. Además interacciono con los locales mucho menos de lo que desearía: siempre pensé que viajar solo provocaría que buscase en contacto con las personas de los lugares que visito y eso sólo ha sucedido en contadas ocasiones. Por otro lado, nunca he viajado con alguien que comparta mi afición; ya me he acostumbrado a hacerlo de esta manera y creo que me costaría mucho ir con alguien aunque llevase mi mismo ritmo. Aunque hace diez años no habría podido creer que hoy en día mi concepto de viaje es el que he descrito. Quién sabe cuál será dentro de diez años.

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