Estoy seguro de que cualquier aficionado a la fotografía ya habrá leído acerca del proyecto Yolocaust que Shahak Shapira ha creado para denunciar -con una cierta dosis de humor negro- las fotos claramente irrespetuosas que muchos turistas han tomado en el Memorial del Holocausto del Berlín. La mayoría de comentarios a la noticia han incidido en la falta de respeto que las nuevas generaciones tienen hacia los símbolos de la tragedia que afectó al mundo y el particular al pueblo judío hace menos de setenta años. Pero, ¿se trata de algo tan sencillo?

Durante mis viajes fotográficos he tenido la ocasión de visitar dos campos de concentración nazis, Auschwitz y Dachau así como el propio Memorial del Holocausto. También he visitado la Zona Cero de Nueva York y, por supuesto, el monumento a las víctimas del 11-M en Madrid. En ninguno de esos lugares he observado a gente comportándose de manera excesivamente inapropiada aunque es cierto que sí he podido apreciar una cierta banalización de la tragedia: para la mayoría de los visitantes parecen ser destinos turísticos sin más, no muy distintos del Big Ben o la Puerta del Sol. De hecho recuerdo que una de las primeras cosas que la guía de Dachau nos comentó fue que no había problema en hacer fotos documentales del campo pero que no tomásemos selfies porque, en palabras textuales, “esto no es un parque de atracciones”; me pregunto qué escenas habrá presenciado esa mujer para tener que repetir dicho consejo -más bien orden- antes de cada visita.

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Y ése es el verdadero problema en mi opinión: estamos expuestos a tantos estímulos, sobre todo cuando viajamos, que al final todo se convierte en un muro borroso de sensaciones ante las cuales reaccionamos de forma similar. Por supuesto siempre hay un idiota que se fotografía posando con accesorios de moda en Auschwitz pero el verdadero problema es la masa que entiende el turismo como visita-foto-visita-foto. Que ahora seamos conscientes de este comportamiento no tiene tanto que ver con que la generación actual sea más indiferente al contexto moral, humano y dramático de estos lugares como que ahora hay más evidencia documental, por así decirlo.

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Pero sería injusto acusar al turista de móvil e Instagram de actitudes y no reconocer que entre los fotógrafos aficionados el respeto es algo que también se echa en falta en muchas ocasiones. Un ejemplo es el de la fotografía a mendigos; entiendo que pueda tener cabida dentro de un proyecto que pretenda denunciar o al menos documentar una situación de exclusión social. Sin embargo, no es raro encontrar fotografías a vagabundos en redes sociales sin más objetivo o interés que el de mostrar a esa persona como forma de provocar una reacción en el visitante y ganarse unos cuantos me gusta; y no voy a ser hipócrita, yo mismo lo he hecho en algún momento aunque ya hace mucho tiempo que me veo moralmente incapaz de hacerlo.

Otro ejemplo que directamente me parece repugnante es el de los aficionados que hacen fotografía de calle… con un tele y en su mayoría a mujeres en minifalda o shorts. No es un ejemplo hipotético, yo he encontrado en Flickr a alguno de estos fotógrafos; lo peor es que esas fotos tienen miles de visitas aunque, por supuesto, pocos comentarios. Espero que nadie mínimamente interesado en fotografía tome a ese tipo de personas como ejemplo.

El respeto en la fotografía es algo muy subjetivo. Para algunos, cualquier robado es una falta de respeto a la persona a la que se fotografía. Para otros, Bruce Gilden es un ejemplo a seguir. Yo, después de un tiempo, cuando tengo dudas acerca de si tomar una foto o no, sigo una regla muy sencilla: no hagas una foto que te avergonzarías de enseñar.

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