Me caso dentro de unos meses y los preparativos de la boda son una pesadilla: contratar el salón, el fotógrafo, la banda de música y organizar a casi doscientos invitados en mesas de doce. Por suerte hay algo que tengo cubierto y es el menú; tengo un amigo aficionado a la cocina -en más de una ocasión nos ha invitado a mi novia y a mí a comer en su casa y debo decir que su tortilla de patatas es excelente- así que le he pedido que por favor se haga cargo de cocinar para los doscientos invitados. Ah, y que haga la tarta; tampoco tiene que ser una de esas que salen en los programas de televisión, nos vale con lo que haga.

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En realidad ni voy a casarme -lo hice hace casi veinte años- ni por supuesto pediría a un amigo que se encargase de una tarea tan importante, compleja y en una celebración única. Supongo que habréis leído el primer párrafo de este texto con incredulidad y asombro, y no es para menos.

Sin embargo, si comentase que me voy a casar y le he pedido a un amigo que haga las fotos de la boda, a nadie le sonaría extraño. No estoy hablando de un caso hipotético, a mí me han pedido en dos ocasiones ejercer la tarea de fotógrafo de boda. En ambas, por supuesto, me he negado en rotundo y he explicado mis razones: fotografiar una celebración tan importante como una boda, un bautizo o un cumpleaños especial es muy complicado y requiere tanto un equipo específico como un profesional que sepa manejarlo. No estoy hablando sólo de tener una buena cámara, objetivos luminosos o luces potentes; hay que saber dónde colocarse, no interrumpir, estar allí para conseguir esos momentos únicos y eso es algo que una persona que no lo haya hecho jamás no aprende durante la ejecución del trabajo.

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Recuerdo que en uno de los dos casos me dijeron que no importaba si no sabía, que ellos sólo querían un recuerdo. Meditad un momento sobre esto: se trata de uno de los dos o tres momentos más importantes de la vida, ¿alguien querría recordarlo como aquella ocasión en la que el cantante desafinaba, la mitad de los comensales sufrieron una intoxicación o las fotos de la ceremonia están borrosas, oscuras o quemadas por el flash? Creo que no.

¿Qué sucedió al final? En uno de los casos, ni siquiera puede acudir a la boda debido a motivos profesionales. En el otro, decidieron contratar a un fotógrafo profesional que hizo un trabajo estupendo; yo, por mi parte, tomé una serie de fotografías y creé con ellas un álbum que les regalé. Los novios se emocionaron mucho con ese álbum alternativo y yo disfruté sin la presión de saber que estaba en mis manos poder estropear en parte uno de esos días especiales.

Ya sabeis cuál es mi consejo: si alguien os pide que hagáis las fotos de su boda, pedidle a cambio que cocine su amigo.

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