Si hay un concepto que atormenta al fotógrafo aficionado, sobre todo al que se ha iniciado hace relativamente poco tiempo, es el de la nitidez. No hay aficionado que se precie que no haya acabado imprimiendo tarde o temprano la puñetera carta de resoluciones o haya acabado quejándose en foros de fotografía de que él, con su objetivo, no consigue los mismo resultados que el autor de tal o cual fantástica cuenta de Flickr. Pero ¿de verdad debemos perder el sueño por un concepto tan subjetivo como la nitidez?

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Como dicen que los geólogos nunca damos una respuesta clara, contestaré que sí y no. No voy a ser un hipócrita, si estoy usando una cámara tan poco amigable como la Sigma DP2 Merrill es porque la nitidez que ofrecen su lente y su sensor compensa con creces todos sus puntos negativos. El problema que tengo con la nitidez es que, en muchas ocasiones, forma parte de un círculo vicioso: fotógrafo novel que no consigue las fotos que imaginaba que iba a obtener con su recién estrenada y flamante DSLR; pregunta en un foro, consulta páginas web y al final tiene la respuesta que cree correcta: el objetivo que venía con su cámara es un pisapapeles y no tiene suficiente nitidez. En pocas ocasiones he leído que alguien aconsejaba prestar atención a la correcta exposición, buscar el punto dulce de la lente, ajustar el ISO, no pretender conseguir resultados excelentes en condiciones en que es físicamente imposible… No, el problema es que el objetivo de kit no es lo bastante nítido. Empieza entonces una peregrinación a través de objetivos fijos luminosos, clases L, microajustes del enfoque y trucos de procesado.

 

¿Y todo para qué? Una razón sería poder imprimir las fotos a tamaño A2 o superior pero, sinceramente, eso es algo que casi nadie hace hoy en día. De hecho, la mayoría de nosotros compartimos nuestras fotos en formato digital y generalmente en tamaños tan pequeños que difícilmente podríamos ver la diferencia entre una foto con una definición extrema y otra menos definida. ¿Puede haber otras razones?  Una de ellas podría ser el archiconocido G.A.S., Gear Acquisition SyndromeSíndrome de Adquisición de Equipo en castellano; conseguir mejor nitidez es, como ya he apuntado, la excusa perfecta para sustituir nuestro objetivo por ese otro que llevamos tiempo deseando probar. Y cualquier excusa es buena si nos sirve para convencernos a la hora de adquirir un equipo que, como aficionados, tal vez no podamos justificar de ninguna otra forma.

 

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Sin embargo hay otra razón, al menos en mi caso, y es la misma que George Leigh Mallory esgrimía cada vez que alguien le preguntaba por qué quería escalar el Everest: porque está ahí. Cada vez que hago una foto con la Merrill o con alguna de las cámaras u objetivos verdaderamente nítidos que he tenido -¿alguien ha dicho Zuiko 45mm f/1.8?- sé que prácticamente nadie va a poder apreciar esa nitidez; de hecho, probablemente la mayoría de las personas que miran los fotos verán una versión a escala reducida en que los detalles han sido (ejem) reenfocados por la red social de turno. Pero yo -el que ha hecho la foto, el que la posee en toda su gloriosa resolución- puedo verla, perderme en los detalles, apreciar  esa brizna o aquel cabello. Creo que si una fotografía tiene que hacer disfrutar al menos a una persona, debe ser a aquella que la ha tomado. Sé que sólo yo disfruto de esos detalles, y me siento perfectamente cómodo con ello.

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Como última observación, sé que habrá quien me diga eso tan socorrido de “las fotografías del legendario fotógrafo X no tenían nitidez y son iconos”. Cierto, tanto como que Ansel Adams usaba placas de 8 x 10 pulgadas para conseguir los paisajes llenos de detalle que le han hecho inmortal. Y recuerda, que la nitidez en tus fotos sea un motivo de satisfacción y no una obsesión.

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