Admiro a Martin Parr. Es sin duda mi fotógrafo favorito y sus libros me hacen disfrutar cada vez que los repaso. Supongo que nadie se sorprenderá si confieso que me gustaría fotografiar como él. Por supuesto esto nunca sucederá y me gustaría explicar por qué.

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En realidad la fotografía de Parr es tremendamente sencilla: escenas cotidianas sin ningún tipo de preparación aparente o procesado en detalle. Pueden ser turistas en Benidorm, una pareja en una cafetería o un motorista buscando películas en un videoclub, todas ellas escenas que podríamos fotografiar nosotros mismos. Y así, siguiendo los pasos de Parr, Webb y algunos de sus contemporáneos, muchos aficionados nos lanzamos a la calle en nuestros ratos libres con la esperanza de completar proyectos o series que de algún modo reflejen el trabajo de nuestros héroes. Sin éxito, aunque no creo que sea necesario decirlo.

En realidad la explicación es muy sencilla: no se trata sólo del talento que Parr y los demás atesoran; hay, como en cualquier campo de desarrollo profesional, una cantidad descomunal de tiempo y trabajo. Leyendo la monografía sobre Parr que Val Williams publicó en Phaidon, queda claro que el fotógrafo ha dedicado literalmente años a algunos de sus proyectos, trabajando día tras día para conseguir una serie de fotos que reflejen ese ambiente tan de clase trabajadora que se ha convertido en lo que muchos llaman el Universo Parr. Uno no se convierte en fotógrafo de Magnum sólo con talento o esfuerzo, se necesitan ambos y en cantidades industriales.

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Yo, como aficionado a la fotografía, puedo dedicar tal vez medio día cada dos semanas a mis proyectos. ¿Debería tener aspiraciones de emular a mis ídolos fotográficos? La respuesta (obvia) es no, y no debería sentirme mal si mis proyectos son mediocres o directamente malos. Sería absurdo que un aficionado a la aeronáutica pretendiese diseñar un avión de combate; sin embargo, muchas veces los aficionados a la fotografía somos ferozmente críticos con nosotros mismos o con otros porque nuestras fotos no llegan al nivel de los profesionales, una pretensión que me parece algo ridícula. No digo que los aficionados no debamos esforzarnos en mejorar si eso es lo que queremos pero no podemos olvidar que esto es un pasatiempo para nosotros, una manera de disfrutar; no debería convertirse nunca en una fuente de frustración porque pretendamos hacer algo que, bien pensando, está a años luz de las posibilidades de la mayoría de nosotros.

Sí, adoro a Martin Parr pero ni seré como él ni lo pretendo.