Ensayo sobre la estupidez


No está en mi ánimo pasar por uno de esos columnistas que viven de quejarse de todo, más por el afán de generar polémica -y dividendos- que de exponer una situación que consideran injusta. Pero hoy sí toca hablar en este blog de algo que muchos antes que yo han comentado y que siempre he tomado por una exageración hasta hoy: nos estamos volviendo imbéciles.

He tomado la foto que acompaña a esta entrada esta mañana durante mi vista a El Louvre. Quien haya estado en dicho museo habrá tenido por necesidad que asombrarse de la enorme cantidad y calidad de sus fondos. Entre ellos destaca la Venus de Milo, una de las obras cumbres del final de la Grecia clásica. Mirarla es asomarse a la historia del arte y maravillarse de cómo un objeto de mármol puede transmitir tantas emociones más de dos mil años después de haber sido modelado. Aunque no para todos. 

La foto es esclarecedora: he contado unas cincuenta personas alrededor de la Venus; sólo veo a tres mirando a la estatua. La mayoría de los demás se divide entre los que están haciendo una foto con el móvil y los que ya han hecho la foto y están mirándola. Y, al contrario que el pixelado de la Venus, esto no es un truco fotografico; pasé unos quince minutos en esa sala y el comportamiento de la mayoría de los turistas era el mismo: llegada, empujón, foto y al siguiente objetivo. Casi nadie se paró durante al menos un par de minutos a observar a la Venus, dar una vuelta a su alrededor, quedarse con ella en la retina; para la gran mayoría de esos turistas, la Venus será poco más en otro conjunto de pixels en sus teléfonos. 

¿Existía tal desidia ante este tipo de experiencias en los años en que no existían cámaras digitales y mucho menos teléfonos? No seré yo quien culpe a la tecnología de este tipo de actitudes porque sospecho que estos tours de force eran bastante similares en el pasado reciente. Lo que sí es cierto es que el mismo auge del turismo y la tecnología  que nos permite tener muchas más experiencias que hace décadas también nos ha hecho pasar de sentarnos ante la Venus de Milo y pasar media mañana antes ella a mirarla durante tres segundos y, de ahí, a mírarla a través de la pantalla del teléfono. Con actitudes así, es difícil desmentir a los que dicen que cada vez somos más estúpidos. 


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