Se dice que en fotografía hay dos tipos de aficionados: unos a los que les gusta hacer fotos y otros a los que les gustan las cámaras. Todos conocemos a alguien que cambia de equipo constantemente; de hecho, para algunos de mis conocidos, esa persona probablemente sea yo. Es lo que se conoce en inglés por las siglas G. A. S., gear acquisition syndrome, que se puede traducir al español como síndrome de adquisición de equipo. Se suele citar el G. A. S. como lo opuesto a todo aquello que un buen aficionado debe aspirar: “lo importante es el fotógrafo y no la cámara” o “invierte en experiencias y no en equipo” – frase muy repetida por un famoso bloguero que, ironía, cambia de cámara como otra gente de ropa interior. ¿De verdad es el G. A. S. el Anticristo de la fotografía? No tanto.

De hecho, se me ocurren algunas ventajas del G. A. S. Una de las primeras es que el apego a la herramienta se pierde; hay quien le tiene más cariño a su cámara que a algunos familiares y creo que, curiosamente, se acaba sufriendo una dependencia de la herramienta que va en detrimento de la propia habilidad del fotógrafo. Si crees que no puedes sacar las mismas fotos con otra cámara que con la que has estado usando durante años, es más un problema que una virtud.

Relacionado con el anterior punto hay otro también importante: el cambio de cámara permite adquirir flexibilidad en el uso de distintos modelos. Recuerdo la primera vez que usé una réflex Nikon después de haber trabajado toda la vida con las de Canon, y cómo no tenía ni idea ni de compensar la exposición. Hoy en día apenas tengo que leerme el manual para empezar a usar una cámara, algo que mis amigos agradecen cuando me piden que les enseñe a usar las tuyas.

Un tercer motivo viene relacionado con las particularidades de cada marca: el hecho de que funcionalidades como los distintos modos de enfoque tengan denominaciones diferentes me obligan a entender los conceptos técnicos que hay detras de cada uno de ellos si en realidad quiero usarlos en cada cámara. Además algunos modelos tienen funciones de las que otros carecen; recuerdo que mi Canon 350 D no tenía medición puntual, una funcionalidad que se reveló como fundamental una vez que dispuse de ella en la Canon 7D.

El cuarto punto es uno que, irónicamente, se repite una y otra vez en esos refritos que las revistas y webs publican con cierta regularidad: salir de la zona de confort. Quien siga este blog sabe que durante el último año he disparado casi exclusivamente con cámara de objetivo fijo. También he probado modelos exigentes como la Sigma DP2 Merrill, extraños como la Lytro, de enfoque manual, todo tipo de sensores desde dos tercios de pulgada a APSC… y todos ellos me han hecho aprender algo al obligarme a cambiar mi modo de tomar fotografías. Volver al mismo lugar con una herramienta diferente ha sacado en muchas ocasiones lo mejor de mí como fotógrafo.

Asumo que mucha gente va a estar en desacuerdo con esta entrada, no en vano el G.A.S. es poco menos que anatema para el fotógrafo que sigue con devoción los artículos del gurú de turno. Pero, en mi opinión, no aferrarse a una sola cámara -ni a una marca, ni a un formato- es precisamente una de las maneras en que podemos llegar a trascender el medio y concentrarnos en el fin, que es hacer fotografías. La cámara no nos hace mejores fotógrafos, estoy de acuerdo. Y esclavizarnos a una, mucho menos.