Barbecho

Hay un concepto en fotografía llamado barbecho que, como su nombre podría sugerir, se utiliza para describir el acto de dejar pasar un tiempo entre la toma de la imagen y su procesado o exhibición. El barbecho fotográfico es un procedimiento recomendado por profesionales de la fotografía que permite distanciarse emocionalmente de las fotos y, de esa manera, poder discernir de una forma objetiva cuáles son aquellas imágenes que realmente tienen valor por sí mismas y cuáles las que apreciamos por factores relacionados con ellas. Es un procedimiento lógico, razonable y que yo jamás he seguido. Veamos por qué.

Fotógrafos de la talla de Winograd recomiendan dejar pasar meses e incluso años entre la toma de una fotografía y su manipulación porque consideran que una imagen debe tener valor por sí misma y estar desprovista de toda carga emocional asociada al autor; es una especie de control de calidad en el que el paso del tiempo rebaja de alguna manera las expectativas de la imagen y las emociones asociadas al momento mismo de la toma. Es fácil de explicar si imaginamos que hemos pasado un magnífico día de vacaciones en la costa y de repente el final del día nos regala una puesta de sol que consideramos el colofón perfecto; es muy tentador tomar la foto, editarla y compartirla con nuestros contactos envueltos en cierta euforia que nos ha provocado ese día que hemos disfrutado tanto. Quizás la foto no es objetivamente buena pero nuestra percepción del día va a formar parte del juicio que vamos a hacer sobre los valores estéticos de esa imagen; en otras palabras, creemos haber hecho una buena foto de ese día cuando tal vez lo que hayamos hecho es simplemente una foto de un buen día. Si, en lugar de ello, dejamos la foto en el disco duro y volvemos a mirarla unos meses después, es probable que la euforia asociada haya desaparecido y eso nos permita hacer una valoración mucho más objetiva de la calidad de la imagen. Parece lógico.

Y es que parece lógico porque en realidad lo es, con una condición: que esas fotos sirvan a un propósito objetivo, que su destino sea ser compartidas, vendidas o admiradas por el resto de las personas. ¿Pero qué ocurre si, como es mi caso, yo hago las fotos para mí? Sí, me gusta compartir mis imágenes -este blog es un ejemplo claro de ello- e incluso venderlas pero no es menos cierto que la fotografía es mi afición y de ninguna manera un medio para obtener beneficio económico o reconocimiento. Esto me permite tomar las fotos que me gustan a mí, que me hacen recordar lugares y experiencias y, por supuesto, en este caso el componente emocional es muy importante. Cuando vuelvo a ver las fotos de mis viajes las asocio a momentos determinados por lo que mi percepción es completamente distinta a la de un observador exterior e intransferible. Es cierto que este método debe llevar asociada una selección previa de imágenes muy severa para acabar con incontables imágenes en los discos duros; normalmente tomo en un viaje entre quinientas y mil fotos de las que no pasan el corte más de cincuenta, que habitualmente edito nada más volver a casa o, últimamente, en el iPad mientras estoy viajando. Inmediatez absoluta.

¿Y vosotros, preferís dejar reposar vuestras imágenes o trabajar con ellas inmediatamente? ¿Pensáis que una foto debe ser hecha de modo que permita una interpretación de terceros o puede estar de algún modo asociada sentimentalmente al fotógrafo? Podéis dejar vuestras opiniones en los comentarios.


One thought on “Barbecho

  1. Yo prefiero trabajarla pronto, si la dejo, probablemente quede enterrada entre otras muchas. Más que nada, porque al igual que tú, la fotografía no pasa de afición y en muchos casos es un registro de experiencias personales y por tanto acumulo más imágenes de las que puedo digerir.

    Si las dejo reposar demasiado, probablemente no vuelva a ella para editarla y como mucho acabará con algún ajuste rápido o preestablecido para sacar un JPG que poder enseñar o entrar en algún álbum de resumen.

    Incluso con aquellas que dedico cierto tiempo a su procesado y revelado, casi no doy tiempo a reposar la edición hecha. Aunque recomienden dejarla un día o al menos un buen rato para mirarla más tarde y comprobar si te has pasado con algún ajuste, termino sacándola pronto y claro… de vez en cuando se me escapa algo pasado de rosca.

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